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Como tampoco se resiste a dejar aquí estas dos imágenes que representan secuencias muy recientes por las que este autor del ensayo reflexivo se define, ahora más que nunca, como "sabio de la vida", aún en el grado de aprendiz, confesando que quizá el café o el bar pueda ser uno de los mejores santuarios para inspirarse en esa reflexión. |
Bueno, ante todo, y después de esta introducción,
quisiera aclarar que este ensayo reflexivo viene a ser una segunda parte de "La
etapa dorada y jubilosa de un iluso de la vida (Los diez o quince años que me
quedan" (clic en el título), una semblanza
conmemorativa de la vida de este autor, aprendiz de "sabio de la vida", en la que no pudo evitar dejar
entre las líneas de su crónica imágenes que representaban algunas de las escenas de su última etapa, extraídas de su "visor de antigüedades", y en las que aparece con algunos de
sus más "leales y silenciosos amigos". Fue un artículo que publiqué,
intencionadamente, el 13 de abril de 2016, aprovechando el 70 aniversario de mi
nacimiento, para dar fe del resultado de mi análisis reflexivo, el que hago de
mi viaje hasta esa parada.
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La vida es tan breve como el trasiego de esa arena que cae al fondo de este reloj. La caída del polvo arenoso es tan fugaz como el instante del presente. Al final, se acaba; pero ahí, "más allá de la vida", puede quedar nuestro propio reflejo y nuestro recuerdo. Abajo, en el reloj, cae el tiempo consumido, pero siempre queda un futuro mientras la arena del reloj siga trasegando. |
Un año ha transcurrido desde entonces, como una fracción de este
viaje de la vida, como un suspiro de mi trayecto, pues el tiempo pasa ahora más
deprisa. Algunos sucesos vividos, unos buenos, otro no tanto. Y recordando
aquella vieja y rancia canción de Julio Iglesias, "La vida sigue
igual", de aquello de "unos que
nacen otros morirán, unos que ríen otros llorarán", hacemos balance de quienes recuperamos o de los que perdemos; o de
aquello otro "siempre hay
por quien vivir, siempre hay por quien amar" y que nos recuerda lo mucho de
cierto que tiene el mensaje "Me gustaría pasar los años en tus ojos", de la canción de la Krall. Y ello, para concluir en el final de la canción: "Al final las
obras, las gentes se van; otras que vienen las continuarán... La vida sigue igual". Porque, ciertamente, ahora más que nunca pensamos cuánto nos gustaría quedar, más allá de la vida,
nuestra huella, nuestro esfuerzo y nuestro recuerdo, patente en quienes
pudieran continuar... Aunque, tampoco es menos cierto que, para entonces, para
cuando ya no estemos... "la vida sigue igual".
Y
recordando ese particular ensayo de mi vida, y al que hago referencia
nuevamente, no puedo resistirme a recordar lo que dijo el poeta: "La vida es breve", y lo que dije yo
después, que "no es más que un fugaz instante"; que hay un pasado, el del ayer,
el que solo aparece en los recuerdos; que hay un futuro, el del mañana, el que
solo está en la ilusión. Y que existe el presente, el momento en que se vive,
el único que cuenta. Pues lo demás... es un teatro, que representamos con su
prólogo extraído con las escenas del pasado, para darle argumento a la trama
del presente, ella es la propia vida, la que se consume y se dirige,
inevitablemente, a lo incierto y desconocido para nosotros: el futuro.
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Renovamos el día cuando cada mañana miramos con ilusión el amanecer, sin temores ni desesperanzas. Vigilamos el destino mirando fijamente nuestro mundo cercano, controlando esa trama ilusoria del teatro que se mueve alrededor de nosotros, procurando tener limpio el cristal de nuestro "anteojo" observador para ver el más mínimo detalle. |
En fin; que "la vida es ilusión, un
teatro, una ficción, un suspiro; y la escena se termina y se acaba la función;
y que así desaparece cuando cae... aquel telón". Y es el tiempo,
esa dimensión invisible e implacable, el que marca el transcurso de los
acontecimientos, el que nos recuerda la realidad del último acto y de la última
escena de la función, el que va a marcar la caída del telón. Así que, como ya
dije en otra ocasión, "seamos
indiferentes a la crueldad de la rapidez en que se mueve el tiempo, vivamos y
disfrutemos el presente que nos depara el hoy, sin que dejemos de poner nuestra
parte de ilusión en el mañana". Y que el tiempo se detiene si su reloj
deja de funcionar, porque se nos olvide darle cuerda o porque no engrasemos su
maquinaria para evitar que se averíe, incluso porque en un descuido o infortunio se nos caiga de las manos, se rompa su mecanismo y se pare definitivamente. Que lo mismo que cada mañana renovamos el
día poniendo ilusión y esperanza en su amanecer, debemos vigilar ese reloj de
nuestra vida, para que no se pare, incluso debemos limpiar el cristal de su esfera para
que no dejemos de ver el rumbo horario de nuestro destino.
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Pero si la vida ahora nos parece tan corta, siempre podremos estirarla poniendo una dosis de ilusión, alejándonos de la pasividad, aunque sea viajando a ese lejano universo de los ensueños de color azul. Puede que el instante del viaje sea breve, pero será intenso gozoso si llevamos con nosotros la mejor compañía para "pasar la vida en sus ojos". |
Parece que la
esencia y la clave de todo, al menos en el transcurso de la vida, está en el
tiempo; y "es lo
que hay... es lo que tiene", como dice el título de este artículo (y dicen siempre mis hijos), pero también en el resultado de su movimiento... "es
lo que queda". Y lo cierto, y es aquí, en donde yo quería llegar: ... en lo
que nos queda. Es algo que no podemos evitar; nadie quiere pensar en ello,
parece como si cayéramos en el desaliento o abandono de nuestras ilusiones de la vida. Pero no debería ser así. La vida que nos queda puede ser intensa, al menos en
complacencia. Y la vida puede ser inmensa, al menos en felicidad, aunque sea efímera y corta. Pues aunque "El placer y la
actividad hacen que el tiempo parezca breve" (Shakespeare), vale más
percibir la brevedad de un instante intenso y feliz que la tortura de la
"eternidad" de una vida insatisfactoria o infeliz.
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El reloj está ahí, siempre visible, implacable, imperturbable. Pero nosotros somos dueños del momento; podemos controlar su percepción; podemos encontrar la complicidad de alguien cercano a nosotros para compartir ese viaje tan deseado. |
Bueno, lo que pasa, llegado este punto, en el que nos damos cuenta de que algo ocurre en el
transcurso del tiempo que aparentemente mueve nuestros momentos, nuestros días
e incluso nuestros años, que ahora "se van volando", es cuando nos gustaría encontrar la explicación de lo que no deja de ser solo una sensación. Las funciones
biológicas, el estado psico-mental, las etapas cronológicas, todo influye, todo
hace que nuestra percepción del tiempo se estire o se comprima. Y es algo que
debemos saber y tener en cuenta, para no agobiarnos o angustiarnos. Que no solo
es cuestión de poner voluntad en su control; pues la mejor forma de encontrar la
felicidad en el paso del tiempo está en "buscar
la justa complicidad en los ojos de los demás", que a todos nosotros nos gustaría pasar los años...
"en tus ojos"; es decir, en
el corazón de quien tenemos o queremos tener cerca de nosotros.
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El tiempo se escurre, se desliza y se resbala por su propio transcurso. Hasta el momento más dorado se acaba y se derrite. Sin embargo, ese instante tan deseado para que no se acabe nunca puede recrear una vida entera y vale la pena conservarlo, incluso en el recuerdo. |
Charles Chaplin decía "El
tiempo es el mejor autor; siempre encuentra un final perfecto". Y no es que sea el punto final del viaje de una vida, ni siquiera el de una de sus etapas, pero sí el de un acto de la función representada en el teatro de la vida al que antes me refería, antes de la caída definitiva del telón en su escenario.
Una vez alguien me dijo: "me gustaría que
este momento, al menos este instante, no se terminara nunca". Está claro que es un
deseo imposible, al menos demasiado fantástico. Pero sabemos que hay una magia
en nosotros, cuando envolvemos la vida con una sonrisa y llenamos su tiempo de ilusión. Sabemos que podemos exprimir el instante que vivimos, como el zumo de una naranja para tomar la esencia de su fruta. Sabemos que podemos halagar nuestros sentidos y colmar nuestra ilusión, poniendo todo el entusiasmo en la esencia de ese instante. Por eso, la respuesta que
yo di entonces a quien pronunció aquel deseo fue: "hay relojes que marcan la hora de un
instante en el que se puede recrear una vida entera".
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Podríamos rebobinar las escenas de nuestra vida, pues conservamos en la memoria esas viejas fotografías de color sepia, no solo para contemplar e imaginar aquellos históricos momentos, sino para competir sus escenas con la recreación intensa de nuevos instantes. |
Y es que la "recreación de una vida entera" en esa dimensión casi virtual o quimérica, fantástica si pensamos en la imposibilidad de resumir toda una serie de acontecimientos en un instante, no es más que la complacencia intensa de un momento que hemos sido capaces de recuperar entre aquellos que estaban por percibir y celebrar. Al fin y al cabo, es el resultado de aquella frase que decía "aprende a apreciar lo que tienes antes de que el tiempo te enseñe a apreciar lo que tuviste". Se trata de reflexionar sobre la búsqueda en el transcurso de la rutina de la vida cotidiana de los recuerdos, de sus vivencias, de aquellos momentos satisfactorios que llenaron escenas memorables de una vida, no para contemplarlas simplemente en nuestro "visor de antigüedades" y sentir la nostalgia del escenario de aquellas viejas "fotografías", sino para emular su recreación y competir con ellas al renovar la esencia de sus escenas.
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"El tiempo en mis manos"; nuestra eterna aspiración. Pero somos nosotros, los que estamos en manos del tiempo. Ni nuestro encanto, ni el dinero, ni el poder, puede controlarlo, manipularlo, ni detenerlo. |
Finalmente, y aunque
esto ya no forma parte del ensayo reflexivo sobre la "el paso del tiempo y su justa complicidad en los ojos de
los demás", he querido extraer algunas anotaciones de diferentes
artículos publicados por varios autores en algunas web y que tratan sobre la
percepción subjetiva del tiempo y su influencia en nuestra vida. Pero también
he querido hacer de ellas mi propia consideración.
Es ese, "el sentido subjetivo del tiempo", el que hace que tengamos una noción del pasado, del presente y del futuro variable y relativa, influenciada por factores externos e internos a nosotros y dependiendo de nuestro estado anímico y emotivo. El tiempo se acelera cuando estamos motivados en una ocupación grata o una novedad interesante. El tiempo se ralentiza cuando esperamos algo con impaciencia, cuando estamos, mal, enfermos, cansados, incómodos, disgustados o padeciendo un dolor. Pero también se hace eterno cuando nos sentimos aburridos o estamos pendientes de su transcurso. Contrariamente, el tiempo pasa rápido si no le prestamos atención. En cambio, si estamos emocionados nos podemos equivocar al evaluar su duración. Una espera ansiosa puede parecernos una eternidad, aunque hayan sido solo unos minutos. Un encuentro puede ser más breve que lo que en realidad ha durado si nos hemos sentido bien. En definitiva, el tiempo así nos sirve para entender su transcurso y la duración de los acontecimientos, situarlos en su momento y generar expectativas sobre ellos.
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Por una parte, la precisión temporal en un menor, de evaluación imprecisa o amplia. Por otra, la percepción de brevedad en los mayores. No solo su mecanismo cerebral, sino la influencia afectiva, intelectual o biológica, altera la medición temporal. |
Por otra parte, la precisión temporal varía considerablemente entre un niño menor de 10 años o una persona mayor de 70. En el primer caso, debido a una falta de madurez neuronal, esa evaluación es escasa e imprecisa, unas veces es breve, otras duradera. En el segundo caso, los marcadores internos, influidos por el deterioro neuronal, hacen que el tiempo pasa muy rápido; es lo que se dice que "la vida más más deprisa". Sin embargo, la percepción temporal no se corresponde con el reloj cronológico. Y partiendo de que las personas jóvenes sienten que la duración del tiempo es más amplia que las de mayor edad, nuestros ritmos biológicos marcan subjetivamente la duración de una actividad, según las circunstancias y las emociones, con una precisión que se altera si ésta se corresponde a una fracción de uno o varios segundos o a un proceso de larga duración, y en cuyo caso el error de su evaluación depende mucho de la falta de memoria o de la falta de atención en el proceso.
Hay una cuestión en la percepción del tiempo, también de cierta subjetividad, que se estima desde el punto de situación temporal. Y es que no se percibe del mismo modo el tiempo que acaba de pasar que el que está por venir. Ni siquiera se puede medir con la misma percepción si el segmento temporal estimado se refiere a un grupo de menos en relación con el que corresponde a otro de mayores. Y no olvidemos que la evaluación temporal del pasado está basada en la memoria para recuperar las escenas sucedidas y de las que somos conscientes que vivimos. Si no hay recuerdos o la memoria no puede recuperar apenas momentos del pasado, esa evaluación es mínima. Incluso la mayor o menos afectividad para recordar los acontecimientos del pasado pueden alterar esa percepción temporal.
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El presente está ahí expectante, con nosotros, esperando para continuar su viaje. A veces, en el deterioro y entre la mugre de las circunstancias y del momento, aunque dispuesto en nuestras manos para reanudar el transcurso del tiempo hacia el futuro. |
Precisamente, ese mismo factor afectivo que influye en la medición del transcurso del pasado tiene también su influyo en la consideración del tiempo de nuestro futuro, como una forma de estimar complaciente o con disgusto el tiempo que nos queda. Por supuesto, en esa percepción influye nuestras perspectivas gratas o desesperanzadas, positivas o negativas, de desencanto o ilusión, que llevamos a ese tiempo que nos queda.
Concretando, todo ese mecanismo cerebral que, en principio, parece controlar la duración del tiempo, teniendo en cuenta su naturaleza abstracta, se ve alterado por parámetros afectivo-emocionales, intelectuales o socio-laborales. No hay precisión en nuestro reloj interno cuando vivimos en un presente, entre los recuerdos del pasado y la previsión del futuro, y en un contexto psicológico de tantas influencias.
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Digamos que el presente es un puente entre el pasado y el
futuro. Su paso es breve y fugaz. Es un tránsito, tranquilo
unas veces, otras frenético; bajo el influjo de los colores
de la placidez, unos momentos, o de tormentosos, otros.
(Es el "Puente de Hierro", de Coria)
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Y ya, para dejar una conclusión, ilustrada con algunos titulares, en forma de citas literarias referidas a "el tiempo que pasa" y "cómo nos queda", me permito cerrar así este ensayo reflexivo:
Hay un proverbio árabe que decía "Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo". Plutarco, por su parte, nos dijo "Tener tiempo es la posesión del bien más preciado por quien aspira a grandes cosas". Y fue Horacio quien añadió "Imagínate que cada día es el último que brilla para ti; pues aceptarás agradecido el día que no esperabas vivir ya". Son citas que nos recuerdan la importancia que tiene aprovechar el presente y cómo debemos exprimir el tiempo que tenemos a mano, cómo debemos aprovechar su transcurso.
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El presente es nuestro y está en nuestras manos. El futuro, parece inalcanzable si le exigimos el éxito; solo hay que verlo con esperanza. Y es que el futuro, si lo vemos con los azules de la ilusión, ahí como ese galeón a punto de partir a la isla de los sueños, es la mejor excusa para embarcar en el mejor viaje; el del resto de nuestra vida. |
Que el presente es nuestro y su tiempo transcurre bajo nuestra consciencia, es tan evidente que ni debemos adelantarnos, ni retrasarnos en recrear una escena en la dimensión del presente. Decía William Shakespeare "Tan a destiempo llega el que va demasiado deprisa como el que se retrasa demasiado". Como tampoco podemos permitirnos el lujo de perderlo en naderías, dejando simplemente que pase. Benjamín Franklin dijo "Si el tiempo es lo más caro, la pérdida del tiempo es el mayor de los derroches".
En cuanto al futuro, esa dimensión tan incierta y desconocida del tiempo, turbadora e inquietante, Víctor Hugo dijo "El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes, la oportunidad". Yo hubiera añadido "para los jóvenes, la esperanza". Y en este contexto fue Eleanor Roosevelt quien le puso un punto de ilusión al futuro, diciendo "El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños". Para terminar con un guiño a esta cita de Rusty Andecor, un pensamiento que no me resisto a repetir una y otra vez: "El futuro representa la apología del iluso; aunque, tal vez... el pretexto de un ideal por el que se empeñan quienes, con la enseña y estandarte de sus ilusiones, ponen rumbo y aventura a la isla de sus sueños".
En fin... yo creo que ésta es la última vez que hago una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre su misteriosa intangibilidad, su transcurso fugaz y etéreo, pero también sobre el perturbador e inquietante destino de su futuro. Dicho esto... digamos también, y no lo olvidemos, aunque esto no sea más que una metáfora, que "El tiempo es el caballero invisible, implacable, impasible e imperturbable que consume la vida" (Rusty Andecor).
Ángel González "Rusty Andecor"