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También es cierto que esos fascinantes colores que envuelve o cubre nuestro extraño mundo habrá que buscarlos, a veces, en los lugares más recónditos, aunque tenga que llevarnos en su viaje uno de esos autos pintados en color de fantasía. |
Y es que,
estoy convencido de ello, en todos nosotros debe existir y lo deberíamos
aprovechar, un atisbo de nobleza que enaltece algunos fragmentos de nuestra
vida, esos instantes sinceros y confiados con la aparente bondad luminosa que
desprende un mundo inquietante y receloso, antes de ser víctimas, eso sí, de
esa plaga de vanidad y de cinismo, de amoralidad y de mentiras, que cubre la
mayor parte de nuestra vida.
Pienso que, a veces, hay que engañar a ese
mundo que nos acecha con sus fascinantes colores, que como ya dije, no lo
olvidemos, son los que ven nuestros ojos, pues tras su resplandor está esa
"capa de mugre" y ese "matiz pútrido" que cubre la inmundicia
de toda la bajeza de nuestra especie. Por eso, un arma inteligente para
combatir ese mundo, que casi siempre se muestra insensible y materialista, es
sonreirle y hacerle ver que somos felices. Recuerdo una vez, cuando hice una
reflexión sobre la felicidad, que dije: "No
se puede buscar la felicidad entre el mundo que nos envuelve y fustiga,
mostrándole que somos infelices, pues el mundo suele ser cruel con la
desdicha ajena, porque no es tolerante ni compasivo con quien sufre". Es triste reconocerlo, pero "el mundo, en demasiadas ocasiones, te da la espalda
cuando tratas de pedirle que colabore en tu felicidad".
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"En algún lugar, allí en la multitud" (es el título de la pintura de Jeff Rowland, autor también de las dos anteriores), hay que luchar con optimismo y abnegación, disfrutando de los colores de ese mundo maravilloso que se esconde, a veces, detrás del paño o el vaho que se pone delante de nuestros ojos. |
Y por eso, no solo es nuestra sonrisa y
nuestra apariencia de ser felices, cuando vemos esa degradación en el mundo y en su indecente porquería, la receta ideal para combatir sus miserias, sino (como también dije alguna vez), que es aún mejor, la de "luchar con abnegación y
optimismo, disfrutando de esos colores de un mundo maravilloso que está ahí
fuera, detrás del paño o el vaho que se pone, a veces, delante de nuestros ojos
y del corazón".
Porque... son esos colores que vemos, los que dan su aspecto
animado al mundo, con la proporción de medida en sus matices y en sus tonos,
para crear el marco en el que se alojará "el
teatro de la vida", con la magia de sus personajes, con su pompa y
atuendos, y una dosis equilibrada de sueños y de locura, pero con el
convencimiento de que todos lo representamos, cada uno en su papel, desde el de
la cordura que parece representar el galán del desvarío hasta la locura que embellece y
enaltece al arte del iluso. Porque... no olvidemos que todos somos alguna vez artistas
espectadores de un mundo hermoso lleno de colores, de sonidos y de aromas, y
que deseamos escapar de nuestra propia y veces patética soledad, y ello, tal
vez, para sumergirnos en el universo de la poesía de nuestra imaginación.
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Fue una de las escenas con la que comencé a sumergirme en una especie de ensoñación que me iba a llevar a conocer la magia de los colores de ese mundo pútrido pero maravilloso que describo en esta crónica. |
Y lo cierto es que siempre me obsesionó ese
mágico manto de colores y de aromas que cubre la mentira de este pútrido mundo.
Porque, en definitiva, es lo que lo hace hermoso y fantástico. Por eso, no dejo de recordar aquel atardecer que viví hace ya unos cuantos años, en una sensación como de trance, como si estuviera ensoñando. Fue una primavera "casi otoñal" y me hallaba en la Villa de Madrid. Había prescindido de todos mis compromisos sociales y de trabajo. Opté por elegir la soledad que adivinaba en la multitud, para adentrarme en la aventura prodigiosa de recorrer y admirar ese lugar mágico llamado "La Puerta del Sol" y sus aledaños. Sólo tenía en mis manos la cámara de mi teléfono móvil para grabar las escenas que estaba percibiendo, ya al anochecer, y al que acompañaba una ligera lluvia más propia de un otoño, perezoso por abandonar un tiempo que solo ya pertenecía a una incipiente primavera.
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El bullicio de las gentes que transitaban por las calles o que permanecían ociosas en su animada tertulia, con paraguas o al descubierto, en juego con la visión fantástica del reflejo de sus formas y las luces de la tarde. |
No tardé en sentirme cautivado por el ambiente de aquel gentío que parecía agradecer la caricia de la lluvia. Me encantó aquella soledad que me envolvía, porque, al mismo tiempo, me encontraba inmerso en el entrañable bullicio de las calles. El momento era inspirador y, entusiasmado por las imágenes que veía, comencé a fotografiar todo su escenario, desde las panorámicas que describían la lluvia de la tarde, hasta aquellas otras imágenes que parecían dibujadas en una multitud de colores, inmersas en la anarquía de mezclas, en el capricho de una luminosidad tal vez fantasmagórica, pero con el toque bellísimo del reflejo del agua de la lluvia que cubría los suelos de una de las calles colindantes y a la que yo me había asomado, supongo que hipnotizado por el espectáculo. Además, pude captar una doble magia en la hermosa Puerta del Sol. La primera, todavía por la tarde, cuando el estallido luminoso de un relámpago y el del estruendo casi instantáneo de sus truenos rompían la calma de la grisácea tarde, y para hacerme descubrir el marco fascinante de un poema en forma de tormenta que, tras desprender su peculiar aroma, me embriagaría después de sentirme agradablemente empapado por la caricia de una suave lluvia.
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Contemplé los hermosos colores y las luces destellantes que reflejaban de la lluvia del asfalto de las calles y me fascinó la vida de su escena, y la de los sonidos de su entorno y la del perfume que impregnaba aquel momento. |
En cuanto al segundo toque mágico, procedía de aquella especie de calor humano que se concentraba allí en la intemperie de la calle, al aire libre. Curiosamente, no me parecía desapacible el ocaso del día que yo había descrito, tal y como lo veía, porque el bullicio de las gentes que transitaban, permanecían en las esquinas o en medio de la plaza, con paraguas o al descubierto, y seguían impasibles, pero animados en su ociosa tertulia, o incluso sumergidos en su frívolo alboroto.
Quizá, esa discreta exposición de mis fotos, solo reflejaba parte de la visión quimérica, aunque deseada en mi imaginación; la de un mundo en el que, algunos de nosotros, vemos esos hermosos colores en los lugares y escenas en los que otros no ven más que tonos mustios y chirriantes, en el que oímos el sonido maravilloso de la vida de las calles y plazas en donde otros no oyen más que ruidos ensordecedores y gritos desentonados, y en el que sentimos el aromático perfume de la lluvia que impregna el asfalto, o del bullicio de las gentes que transitan y pasean, precisamente, en donde otros solo huelen el frío y la humedad de las calles.
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Es el aromático perfume del agua de la lluvia que impregna los hermosos colores del asfalto. Es la belleza de una de las muchas escenas que nos ofrece el mundo, bajo la magia y la ilusión de nuestra imaginación, para cubrir sus pútridos secretos. |
Quizá, la vida debería ser así... hermosos colores, sonidos maravillosos y el aromático perfume de la gente y de sus lugares. Quizá son los acontecimientos cotidianos o extraordinarios, esos que dejamos pasar casi apresurando el transcurso de su tiempo, para que todo pase más rápido; esos que deberíamos saborear buscando su dosis y aporte más emotiva, más imaginativa y trascendental. Porque si no es así, la vida es una completa rutina, sin más sentido que el de esperar a que transcurra la simpleza y trivialidad de los días, y pasen los meses y los años, hasta dar por finalizado nuestro gran viaje. No olvidemos que la vida es corta, muy corta, demasiado breve, y que deberíamos extraer de sus más relevantes secuencias, y de las mejores escenas que representamos, los colores más gratos, los sonidos más armoniosos y el aroma más exquisito de todos los instantes que siempre queremos recordar.
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La vida es tan breve, tan corta, y su rutina es tan patética, que solo si nos refugiamos bajo esa carpa de espontaneidad y, a veces, de extravagancia, vestidos de lo que más nos ilusione, podremos no solo desinhibir los prejuicios que nos atan a nuestra obligada compostura, sino encontrar la dosis de emoción, imaginación y fantasía, tal que consigamos que la vulgaridad de los acontecimientos se convierta en escenas que permanezcan en el recuerdo y prolonguen las fracciones del paso del tiempo. (De izquierda a derecha: mi cuñado David, yo Rusty y mi cuñado Luis, en una fiesta que dimos) |
Tanto es así, importan tanto, hasta la insignificancia de lo que podrían ser vulgares aconteceres, que incluso la pícara y provocativa sonrisa de la "terapeuta de desencantados", esa voluntariosa "curandera de víctimas de desamores", la que me abordó después, aquella noche en la cercana calle de la Montera, cuando volvía a mi hotel, e invitándome a su "bálsamo" milagroso, creo que rebosaba de la fascinación de algunos de esas tonalidades cromáticas y de una especie de asombrosa atracción en su voz. Pensé, mientras la contemplaba por un instante y escuchaba su requiebro, mientras la veía y quizá admiraba, envuelta en su ramillete de colores chillones, pero confiados y entrañables, que debía ser correspondida con la ingenuidad de otros "colores" aunque con la misma sonrisa, porque... eludiendo su tentadora receta que, tal vez, advertí en aquel momento, había que gratificar ese acostumbrado tópico malsonante, tan propio del perfil de su oficio. Por supuesto, y es algo que no dudé, no pude privarme de la necesidad de premiar su cautivador y generoso gesto de invitación, por encima de mi fingido o falso malentendido, con la complicidad de la más elocuente e, incluso, deferente de las sonrisas.
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Son los bello colores de una rosa y de sus pétalos esparcidos sobre la música del piano, los que nos transmiten un mensaje de luz y de sonidos, y que acarician nuestros sueños. Y es esa mágica combinación, junto con el aromático perfume que se desprende del escenario del "teatro de la vida", lo que nos oculta ese mundo pútrido que nos acecha y nos descubre la fascinación de ese otro tan maravilloso, el que vemos en la poesía de nuestra imaginación. |
Y ya para terminar, me gustaría dejar ahora, en lo que podría ser un "ensayo sobre el cromatismo del mundo y de la imaginación y sobre su aromático perfume", esta última reflexión, puede que... a modo de epílogo. Y es que... "A pesar de nuestra soledad, de la incomprensión de nuestro cercano mundo, de la frustración de propósitos fracasados y de otros desencantos que padecemos, pero de los que a veces ni siquiera somos conscientes, no dejamos de sentir el aliento de una eterna ilusión, y por ello, tratamos de poner el color de "esa sonrisa" y "el sonido de nuestros latidos" a todo lo que vemos, incluso hasta dar un poco de cariño a cada personaje o al momento asombroso de esa escena que aparece enmarcada ante nuestros ojos, como también, a la magia de ese calor que irradia desde los confines del corazón de cada uno de nosotros".
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Mi viejo amigo Miguel, delante de aquel coloso de vapor, en un día en que también disfrutamos de los maravilloso colores de los trenes, en aquel fantástico Museo del Ferrocarril, en Delicias. |
Esta
crónica reflexiva está dedicada,
muy especialmente, a un viejo amigo: Miguel García-Martín, que por cierto, además de un gran amigo, fue mi jefe. A Miguel, que hace mucho, muchísimo
tiempo que no lo veo, ni sé de él, ni podrá ver mi post. Precisamente, aquel
día en que sucedió la experiencia que hoy describo, nos habíamos despedido
después de comer en el "Todo corazón", al lado de Audrey Hepburn, junto a la Plaza de Santa Ana. Tal vez, habíamos quedado en buscar, cada uno por su lado, los colores del
maravilloso Madrid. Aquella mañana (o la del día anterior) habíamos estado
disfrutando de una visita en el Museo de Ferrocarril de Delicias, él y yo. ¿Te
acuerdas, Miguel, cómo lo pasamos? Yo creo que nos subimos a todos lo vagones y
locomotoras. Estoy seguro (y tú estarías conmigo) que lo que más feliz nos hizo fueron "los
colores" que vimos en aquellos trenes, desde nuestra ilusión, incluso desde la poesía de nuestra imaginación. Así que para ti, Miguel (aunque no los veas), estos "colores" con los que me ha encantado escribir esta nostálgica crónica y la sugerencia de su reflexión. Dedico también el post, y lo mejor de su intención, a mis visitantes amigos que hayan tenido la oportunidad de leerme e interpretar el significado de esos colores, sonidos y aromas a que hoy me he referido.
Ángel González "Rusty Andecor"